SUECIA Y LOS RESTOS DE UN NAUFRAGIO

Me hago a la mar con la secreta intención de naufragar. No se trata de perder la vida sino de recuperarla, de vestir lo que haya quedado, conservar las cuatro cosas esenciales que en un momento creí perdidas. Así sabré que es lo que extraño de todo aquello que sentí mío. Mi tesoro hundido en el mar sólo sirve de refugio para los peces, la marea se va rompiendo en palabras libres. Lo esencial es el aire que rodea a los objetos, el gesto que precede al roce, el sol que nos baña de tiempo.

Montado en Gabriella, un enorme hotel flotante en el que convive la ruleta francesa, con el karaoke en finés y el alcohol a raudales libre de impuestos, llego en un amanecer lluvioso al puerto de Estocolmo. La ciudad aparece como por casualidad tras una constelación de islas, catorce, dice mi guía, que haría más sencillo orientarse en una piragua que como peatón remojado. En los callejones del barrio viejo no hay muchachas rubias con corpiño almidonado guiando rebaños de ocas. Los palacios barrocos son como repulidos pasteles de merengue recortados contra un cielo de plomo.

El Gabriella fue el primer barco que acudió el 29 de septiembre de 1994 a la llamada desesperada del Estonia que se escoraba sin remedio en el mar helado, y acabaría zozobrando con el resultado de 852 muertos. De nada sirvió que el “Herald of free enterprise” se hubiera hundido siete años antes, también al entrar agua por las compuertas de acceso de vehículos. Los desventurados que perecieron en ese viaje salían de Zeebrugge pensando que llegarían a Dover, pero la libre empresa no tiene reparos a la hora de ejercer la libertad de aumentar sus beneficios y disminuir sus costes. Se trataba de reducir al máximo el tiempo de atraque y estiba, y hacerlo con el mínimo personal posible. Puede ser que el cambio repentino de destino, habitualmente atracaban en Calais, o la deficiente estiba de cuarenta y siete trailers provocará la escora, pero la realidad es que unos por otros a nadie se le ocurrió cerrar las compuertas de proa cuyo diseño impedía su visión desde el puente. Con el mar en calma las olas no tendrían que haber entrado en aquel enorme hueco pero la mala ubicación de los camiones estaba provocando una navegación “hocicada” que tras el “avante toda” acabo provocando la inexorable entrada de agua a razón de tres toneladas por segundo en una bodega de carga corrida, sin mamparos que pudieran limitar el daño. Trescientas toneladas de agua sirvieron para hacer zozobrar en tres minutos a un buque de ocho mil, a sólo media milla de la bocana del puerto.

Como intento mantener la soberbia a raya me gusta aprender de los desastres ajenos, y una vez en Estocolmo me lancé al museo en el que la penumbra protege el pecio del Vasa, el mayor barco de guerra de su época, construido por orden de Gustavo Adolfo II tras haberlo soñado como un león anfibio, que sería capaz de acabar con los belicosos católicos alemanes, y que se fue a pique el 10 de agosto de 1628 en su primer singladura. La nave permaneció hundida en la basa del puerto sueco durante más de trescientos años hasta que pudo ser rescatada en 1961. Tres años de trabajo y mil robles fueron necesarios para que este coloso de 69 metros de longitud se hundiera luego ante los ojos de los habitantes de Estocolmo a sólo unos metros del malecón. Demasiados cañones y poca mantequilla, aunque ambas cosas sobrevivieron en este pedazo de historia congelada. Una leve racha de viento sirvió para que la nave se escorara y el agua entrara por las troneras pereciendo la mitad de las cien personas que había a bordo, incluyendo algunas mujeres y niños con permiso especial para la pachanga inaugural.

La cosa termino como un tango de Edmundo Rivero pero mi viaje acababa de empezar, y me vi deslizándome en el mapa de Suecia hasta el lago Vättern, la mayor superficie de agua potable de Europa. En uno de sus extremos esta la isla Visingsö, cuya sola mención me provoca un estremecimiento. Según la leyenda un misterioso canal subterráneo une este lago con Alemania. Desde que sus ribereños tienen memoria van apareciendo objetos de todo tipo flotando entre sus aguas cuyas rotulaciones aventuran un origen germano. Algo tendría la isla para que Katherine Tingley la escogiera para edificar su casa, una copia a escala del Partenón, en la que la dama organizó en 1913 el Congreso Teosófico Mundial de la Paz. Los isleños aun la recuerdan con cariño puesto que ella sufragó, entre otras cosas, la instalación de la electricidad en la isla. Con sólo siete años sus padres la regañaban porque se pasaba las horas abrazada a los árboles. El pequeño ferry que me acerca a Visingsö lleva su nombre, pero antes me espera una larga caminata hasta Granna, donde se cogen los barcos. Me acompaña Erik, un auténtico vikingo treintañero y locuaz que lleva recogida en una coleta su barba roja y fuma un cigarrillo tras otro para mantener amarilla su sonrisa. Él ha nacido en la isla y no se puede explicar que me puede haber llevado desde Estocolmo hasta allí.

- Vengo en nombre de Mario Roso de Luna, un teósofo español que no pudo acercarse por aquí en 1913…La mirada del nórdico mocetón fue de auténtico loquero, atenuada por una la solidaridad tabernaria con el extranjero que llega desde la tierra prometida de los bares y el alcohol barato.

- A mi sólo me interesa la cerveza, el vino rojo y el amor de mi novia, que me tiene anclado aquí. Yo debería estar en Estocolmo donde está la marcha, allí me escapo siempre que puedo…

Entre las casas de Granna aparece el espejo gigante del lago y mi pelirrojo acompañante se despide deseándome suerte. Este pueblo es conocido gracias a que Amalia Eriksson descubrió aquí en 1859 el azúcar de cebada. Miles de caries infantiles nos contemplan pero la calle principal parece la Jauja de Pinocho con escaparates llenos de bastones bicolores de caramelo. En 1897 partió en globo desde este pueblo con destino al Polo Norte S.A. Andrée, junto con dos amigos. Su aventura pasó de leyenda a realidad cuando sus cadáveres fueron encontrados 33 años más tarde. Los paisanos que son agradecidos con los visionarios difuntos han reconocido su memoria con un diminuto museo.

Amparado por la luna llena planto mi tienda al lado de la fortaleza en ruinas de Visingsborg, mientras, sin yo saberlo, Paco cruzaba el Umbral desde el que no se vuelve. Tras el cementerio del que tampoco regresaron unos cientos de rusos recluidos al finalizar una guerra sueco-rusa, aparece el oloroso jardín botánico dedicado en exclusiva a cultivar plantas aromáticas, y las airosas cubiertas de la capilla Brahe, facetadas como si las tejas fueran pastillas de jabón. Allí Greta, una ancianita de unos 80 años explica a media docena de visitantes los misterios de uno de los templos más abigarradamente hermosos que tuve la fortuna de contemplar nunca.

- Siendo de España debes de ser católico, ¿no? Nuestra iglesia es protestante, lo sabes ¿verdad?

- Si, soy católico por nacimiento y tradición, pero yo sólo creo que todos tenemos enfrente la misma montaña, y cada uno debe escoger su propio camino para llegar a la cumbre.

- Esa idea podría resumir el sentido de la tolerancia que reina en nuestra Suecia.

- Que Dios la bendiga. Tienen ustedes una iglesia preciosa.

Montado en mi bici alquilada me dispongo a recorrer los quince kilómetros de este templado edén en el que la belleza te asalta al borde de los caminos. Allí unos graneros y establos del siglo XVIII, pertenecientes a la corona sueca. Más adelante la iglesia de Kumlaby desde cuya torre truncada se divisa todo este edén de juguete, como si el lago fuera una inmensa lágrima de Dios tras expulsarnos del paraíso. Igual que un Hércules fondón en las Hespérides me pongo tibio de peras mientras veo como un pequeño robot de Electrolux apura el césped alfombrado de una casita. A un metro del simpático aparato me llama la atención una roca a la que acompaña un letrero. Se trata de la Piggesten Stone , una piedra rojiza que según la leyenda huele a pimienta. El cartel cuenta como los cortejos funerarios se detenían frente a ella y alguien la golpeaba con un palo mientras sonaban las campanas de la iglesia, en ese instante los duendes liberaban el último aroma que el finado se debería llevar al otro barrio.

El pequeño Partenón edificado por la señora Tingley es ahora el estudio y museo del artista local Olle Krantz. Me lo encuentro segando el césped entre sus esculturas. No habla ni una palabra de inglés pero a pesar de eso posa para mi cámara montado en su reluciente segadora.

Tras la isla de los teósofos mis pasos se encaminan hacia el norte. En la misma cuenca del Vättern está Vadstena, el lugar en el que Santa Brígida tendría sus famosas visiones. Esta Santa Teresa nórdica siempre me había llamado la atención. Brígida Birgesdotter, era una viuda con ocho hijos que además de sus ensueños tuvo la idea de fundar sus conocidos conventos mixtos, o dúplices, en los que convivían a la luz del día monjas y monjes, sin tener que recurrir a los pasadizos o los trasiegos nocturnos como en otras fundaciones monásticas. A las ocho de la mañana me cruzo con el obispo que va a dar su primera misa a la abadía y me saluda. Linköping, Norrkoping y Nyköping me enseñan lo que es la ciudad media sueca. Me tropiezo con algún que otro mendigo y con una joven cincuentona, versión local de la mujer del carrito de supermercado, que con una media de cada color, como Pippi Calzaslargas, rebusca entre los desperdicios opulentos de sus vecinos sin un señor Larsson que la acompañe.

Mi última etapa, antes de embarcar en Estocolmo, es la ciudad natal de Bergman, la universitaria y libresca Uppsala. El albergue cerrado me obliga a plantar mi tienda del aire en las inmediaciones de una urbanización de las afueras. Un helicóptero con un foco estuvo a punto de descubrirme pero sólo fue la helada matutina la que me expulso de mi refugio. A las siete de la mañana, con mis pertenencias en la consigna ya estaba colándome en el Jardín Botánico que fundara Linneo aprovechando el pasotismo de la brigada de limpieza. En el Museo Gustaviano visito su famoso teatro anatómico, tan restaurado que parece el Fontán de Oviedo, la verdad que me quedo con el de Padova.

Hace años escribí un poema en el que proclamaba: “nunca veré la Biblia de Uppsala”. En aquel verso hacía pública mi renuncia a lo prescindible, a los objetos que sustituyen a las historias que un día encerraron. Recuerdo que se trataba de un poema de amor, pero eso no es decir mucho, todo lo que escribimos trata de lo mismo. Escribimos para que nos quieran, o al menos para recuperar el amor por nosotros mismos cuando nos vemos estampados, más que reflejados, en la superficie en blanco. Mancillamos el silencio primordial de nuestros juegos infantiles en el que sólo sonaba el reloj de la cocina y la ausencia de una madre siempre trabajando.

Allí en la Carolina Rediviva se conserva la Biblia de marras, aunque lo que te enseñan es sólo una copia. Viajamos para escapar de nuestro paisaje pero lo llevamos tatuado en la retina, buscamos otros silencios para huir del que llevamos puesto, creemos salir de nuestro laberinto cuando en realidad solamente lo expandimos con la ilusión falsa del viaje. Sin querer, en aquel viejo verso equiparé esa antigua Biblia escrita con letras de plata con aquello que siempre buscamos y nunca encontramos, pero el facsímil me recordó que la falacia de cualquier objeto sólo es efectiva ante unos ojos crédulos.

Deseadme fuerza, el último lunes del mes defiendo mi tesis, la suerte ya la he tenido al poder escribirla y disponer de vuestra atención siempre generosa.

Un abrazo a tod@as.

Rubén Figaredo.