CARTA A LOS CABALLEROS DE LIVONIA Tallín era para los niños rusos un enclave mágico en el que las brujas rejuvenecían, entre torreones de chocolate y calles empedradas de caramelo. El primer recuerdo que tengo de Estonia era aquel piloto que Tintín y Haddock rescataban en Stock de Coke. El firmamento norteño se baña en vino tinto para despedir las tardes de otoño, y todas las agujas de Tallin le hacen cosquillas. Su ciudadela medieval, prácticamente intacta, se ofrece como escenario operístico para las aventuras del wagneriano judío errante, que uno se imagina entre toneles de brea y secaderos de arenques. Este era uno de los enclaves principales de la Liga Hanseática, ese experimento de mercado común que tanto hizo por el progreso del norte de Europa. A pesar de llegar a tener su propio parlamento la ausencia de un poder centralizado acabó en el colapso, el mismo que podría terminar con nuestra Unión Europea si las fuerzas que disgregan vencen a las que amalgaman. La primitiva sociedad pagana, que veneraba a la deidad Tharapita, cedió al empuje del cristianismo en el siglo XIII. Dinamarca que se había apoderado de toda la zona norte les vendió Tallin a los Caballeros de la Orden Teutónica por 19.000 marcos de plata. Estos habían absorbido a la Orden de los caballeros Portaespada o Milicia de Cristo de Livonia. Una fraternidad de monjes-guerreros que obedecían la regla de los templarios e ignoraban olímpicamente a la curia episcopal, tanto que al contrario de sus homólogos sureños, sojuzgados por el papado, abrazaron la causa luterana, como mejor modo para practicar ese cristianismo puro pero despótico y feudal que les caracterizaba. En esta ciudad nació Wolfgang Köhler, el creador de la gestalterapia y uno de los principales artífices de la teoría de la percepción. Köhler, además de enfrentarse a la camada hitleriana de la cultura, protagonizó la búsqueda tenaz de un equilibrio presente, mediante el fortalecimiento de la conciencia, desplazando en cuanto a resultados a ese escrutinio forense de retales infantiles que es el psicoanálisis. Aquí también nació Alfred Rosenberg el ideólogo nazi que defendía la supremacía aria, y el músico serial Arvö Pärt, cuyas composiciones inspiradas en la aposición sonora de las campanas, le costó la persecución de las autoridades soviéticas que rivalizaban con los nacional-socialistas en la persecución del arte degenerado, rebelde a las leyes tonales. La cercanía de Estonia a Suecia y Finlandia, además de su escasa población, ha convertido al país en un perfecto banco de pruebas para las multinacionales tecnológicas escandinavas, y un territorio pionero dentro de la sociedad de la información. De hecho, su administración central es la primera que ha abolido el papel. En todos sus procesos electorales los ciudadanos pueden emitir su voto vía Internet, además de acceder en tiempo real a la descripción detallada de los gastos del estado (igual que aquí). Los padres estonios también están conectados con los colegios de sus hijos y pueden participar virtualmente en su educación día a día. Los ciudadanos ya pagan casi cualquier cosa con su teléfono móvil aunque la ciudadanía se le niegue a la cuarta parte de la población, de ascendencia rusa. Las carreteras son cintas de brillante asfalto robadas al bosque, y el tuberculoso mar Báltico, una cloaca hirviente producto de la era soviética, dibuja una desolada estampa para después del holocausto. La planicie se abre en rutas trazadas a escuadra, que llevan a misteriosos pueblos llenos de consonantes, villorrios que se cronificaron como proscritos para los ojos de los occidentales capitalistas. Las fronteras conservan el mismo perfume a intercambio de espías, surgen del frío rodeadas de tierra de nadie, resguardadas por guardias de leva obligatoria casi quinceañeros. Los uniformes infunden el temor de un viaje al tiempo del absolutismo rojo. Los suburbios de Riga son un auténtico descenso a los infiernos, un decorado expresionista herrumbroso que parece edificado con los despojos de otras guerras. Mujeres de moño deshilachado cruzan las vías muertas, parecen rusas de las que llegaron aquí como cortafuegos de la identidad letona durante la industrialización estalinista. Jürmala era una de las estaciones balnearias favoritas de los zares. Una ciudad bifronte, con una fachada marítima sin urbanizar en la que estallan las olas ácidas, como la meada de un Neptuno achacoso. La otra vertiente se refleja en una bella laguna donde las grullas engullen los últimos gusanos antes de partir hacía el sur. Entre dos aguas, y cuajadas de árboles centenarios, las más impresionantes dachas conviven con ejemplos de la mejor arquitectura posmoderna, levantada al amor de los fondos de cohesión. Todo aquí sugiere que la adhesión a la Europa feliz sólo ha sido posible como una bofetada al zar Putin. Aquí nada converge salvo el entusiasmo de los chicos y chicas que celebran el día del maestro y el comienzo del curso. Pasean con la felicidad inconsciente del escolar que vuelve a ver a la niña que le gusta, trajeados y armados con unos humildes ramos de flores para sus profesoras. La cruzada báltica por la libertad ha utilizado siempre la música como arma. El primer festival nacional de la canción se celebró en Estonia en 1869. En agosto de 1989 se produjo el acto más multitudinario de la Revolución Cantada, que pedía la independencia de la Unión Soviética. Unos dos millones de estonios, letonios y lituanos formaron una cadena humana de más de 560 kilómetros que unía las capitales de las musicales repúblicas. Privada de la imprenta y la lengua por las sucesivas potencias extranjeras, Letonia sólo ha podido conservar su esencia gracias a los romances cantados, que pasaron de generación a generación, demostrando que la memoria es incombustible mientras quede alguien vivo para contarlo. A sólo unos kilómetros de Riga se abre la herida del antiguo campo de concentración de Salaspils. Aquí perecieron la práctica totalidad de los judíos letones. La indiferencia local ante el holocausto se debe a que durante décadas los hebreos fueron los propietarios de los medios de producción, explotaron y miraron por encima del hombro a la población local, tratando a la cultura y lengua vernácula como una “cosa de campesinos”. No es extraño, ya que San Agustín y los padres de la iglesia siempre defendieron, en algunas de sus tan queridas discusiones bizantinas , que antes de la confusión de lenguas de la Torre de Babel el hebreo había sido realmente la lengua originaria de la humanidad y, después del incidente de la confusio linguarum, había sido preservada por el pueblo elegido. Así, dando fe de las marcas de los sucesivos yugos llegamos a la católica Lituania, el último país en abrazar al oso romano y abandonar sus ritos paganos. El país tiene otras dos religiones, una es el baloncesto - aquí hasta la policía se inclina respetuosamente ante un conciudadano de Pau Gasol - mientras te multan. La música cierra esta santísma trinidad de devociones, el Certamen de Música Popular se celebran cada cuatro años y puede congregar a cientos de miles de personas cantando la misma canción en anfiteatros al aire libre. Atravesando autopistas falsas custodiadas por celosos guardianes, enemigos de Marinetti, llegamos al corazón de la región del ámbar. Primero Palanga, con sus suburbios en los que sobrevivían los rusos, esos fantásticos esclavos que durante toda la historia parecen no saber vivir sin un dueño. De cualquier forma, los palanganeros del statu quo, no conocen fronteras, disponen de un hábitat muy amplio, viven muy bien gracias al miedo y la necesidad de los otros. Las nuevas necesidades, y los miedos recientes, parirán nuevos esclavos. Las cosas no son como son, son tal y como somos, y nuestra libertad para ir y venir nos acerca al punto final de esta singladura, la lengua de arena de Nida, a la que se accede desde el puerto de Kláipeda tras un corto trecho en transbordador. En una casa del pueblo pasó los veranos de 1930 y 1931 Thomas Mann. La mitad de este parque natural, en el que es preciso pagar para que entrar, pertenece al oblast de Kaliningrado, el Köningsberg prusiano en el que nacería Immanuel Kant, y que pasaría a Moscú tras la capitulación occidental de Postdam. Las dunas de Nida, pomposamente conocidas como “el Sahara lituano” se asoman en su cara este a un quieto espejo que parece el aceite de una instalación de Wilson, y en su lado oeste a un mar rabioso, también un poco aceitoso, donde unos pocos valientes doman las olas en sus tablas de fibra. Es hora de volver, un barco espera en Tallin. Este es también el final de estas Cartas Bálticas , que por los caprichos del destino han coincidido con el final de este año impar, que siempre recordaré como “el año de mi tesis”. Aquel en el que me doctoré con honores, aunque no hay mayor honor que contar con vuestra atención benevolente. Mi única intención es explicarme lo que vivo escribiéndolo y compartir mis inquietudes de “homo digitalis” con vosotros. Esta carta a los Caballeros de Livonia pretende agradecer lo que me han enseñado, que la riqueza no es optar a lo que sólo está vedado a las economías más potentes, sino valorar aquello que no está definido por su precio, lo que sólo los ricos de espíritu saben valorar. Feliz 2008 a tod@s. |