EL ELEFANTE ENAMORADO

El elefante enamorado no es otra cosa que la denominación romántica de una pintura prehistórica de la cueva asturiana de El Pindal. El hecho de que alguna vez pulularon Elephas antiquus por el norte ibérico está refrendado por otra imagen de la cueva cántabra de El Castillo. El paquidermo asturiano muestra un corazón rojo en su paletilla izquierda y de lo que no podía ser otra cosa que las instrucciones básicas para abatir al coloso, señalando su flanco más débil, alguien sacó una viñeta parietal, una fábula de amor animal que se desarrolla en el lejano solutrense. El artista, con un trazo esquemático y gestual, como diría un crítico moderno, pintó a su modelo con dos únicas patas, como un decorado que un soplo de aire podría abatir, tanto más unas lanzas certeras enfocadas en su centro vital, o las flechas del amor imaginadas por el polígrafo decimonónico.

Es un tópico el asombro con el que contemplaríamos la entrada de uno de esos enormes animales en una tienda de cacharros, y con parecido estupor y no menor prudencia, Pedro Rosas, mi amigo y batería (artilugio que no deja de ser un árbol afinado de sofisticados cacharros) y yo mismo con mi bajo sin trastes ni pudor, fuimos invitados a un paseo por el cielo. Los anfitriones fueron el Tapan Group, o lo que es lo mismo, su portavoz Tapan Bhattacharya, tocando las tablas, Rudrajit Battacharya, voz y armonio, y Pankaj Mishra abrazando el Sarangi. El lugar era la espléndida sala del Gallery, y digo era porque al poco de empezar a sonar las notas perfumadas de sándalo y jazmín, el espacio se mudó en redil de nubes y laguna primordial en la que retozaban elefantes enamorados de muchachas núbiles y niños jugando a ser una estrella en el panteón de los dioses menores.

En la prueba de sonido, después de que David, el organizador del concierto, nos presentara, los Tapan nos expusieron delicadamente sus condiciones para entrar en el nirvana y nos dictaron escalas y ritmos que sólo a duras penas podíamos emular. La confluencia de oriente y occidente más bien barruntaba un choque de trenes en vez del beso de una ola en la arena virgen. La cosa no mejoró mucho cuando Tapan me dijo gentilmente que desafinaba y a Pedro que no encontraba el principio del ovillo rítmico.

Al final todo es más sencillo, las escalas no dejan de ser escaleras de sonidos, es lógico que estas fueran empinadas porque nos llevarían muy arriba, y el ritmo es la respiración de la música, ese sexto sentido desconocido que no sabemos subdividir ni matizar porque en occidente solo respiramos para no morirnos asfixiados.

Durante el concierto, Pedro y yo nos sumamos al final, aparte de ensoñar y gozar del paraíso de los elefantes enamorados, me acordé de los cuentos orientales en los que un maestro le pide a su alumno una prueba antes de concederle un determinado conocimiento. Estas tareas siempre me parecieron, al resguardo de mi sillón, deberes sencillos que cumplir, pero en esta ocasión me estaba enfrentando a un examen similar y sólo sentía el mismo pánico del adolescente que quiere saciar a su amada en la primera cita.

Al final mi temor se hizo fluido y me concentré en la apertura de los sentidos más que en la disciplina de mis dedos. Puedo decir que esa media hora de epifanía musical ha sido uno de los momentos musicales más felices y plenos desde que piso un escenario.

Después de saludar a los amigos, Diego, Guzmán y Eduardo, pasamos a degustar la maravillosa cena que Alejandro Urrutia nos había preparado, en ella Tapan me habló de su maestro, ya fallecido.

- Mi gurú siempre decía que el único secreto es el trabajo continuado, cada uno de nosotros posee un diamante y tiene que estar puliéndolo continuamente, no hace falta publicidad, llegará un momento en que su brillo atraerá a alguien que lo querrá comprar. Es lo mismo que el fabricante de perfumes, sólo tiene que dejar correr el aroma y tarde o temprano venderá su mercancía.

El perfume de la brevedad de Augusto Monterroso ya nos había cautivado hacía tiempo y breve fue también el rector cuando dijo:

- Tito ya está en Vetusta.

Y es que, no sé si sabéis que gracias a la generosidad de su viuda, la escritora Bárbara Jacobs y a los buenos oficios y tenacidad de Marta Cureses, la nada exigua biblioteca del genial soñador entre dinosaurios, compuesta por unos 14.000 volúmenes entre los que se prodigan los raros y las primeras ediciones, además de otras joyas de su propiedad como obras de arte, trofeos, cartas privadas, etc., van a formar parte del patrimonio de la Universidad de Oviedo.

En el acto solemne se dieron la mano la razón y el sentimiento, el señor notario y la estética, el agente tributario y el tributo de la gente, la inspectora de aduanas y las emociones de contrabando. Por fin llovió sobre Oviedo y no fueron en este caso sólo gotas, ni fue el Nuberu el ser mítico que apagó la sed de Vetusta sino una hermosa y frágil mujer con quien tuve la fortuna de conversar. Ella nos explicó como Augusto nunca había dejado de ser niño y que por ello estaba siempre asombrado, como estupefactos nos quedamos en estos tiempos de materialismo ante la generosidad pura en forma de legado perenne, que ha de dar sombra a generaciones de estudiantes en cuyos ojos continuará el viaje de ese hondureño que se hizo escritor en Guatemala, que sólo pudo ser libre en Méjico y que ahora en Oviedo se hace eterno.

Monterroso, reverdecido en la voz de Jacobs decía que “lo único malo de irse al cielo es que allí el cielo no se ve.”

Decía Alonso, nuestro correcaminos patrio, que cuando pierdes resultas más simpático, acabo de penetrar en el secreto de mi don de gentes. Es tal vez por eso que el saliente rector Vázquez sin apearse de su magnífico entorchado, ni empañar su trayectoria con una derrota ya que no se presenta al pugilato, me pareció en este asalto más cercano, cuando repartió entre el alivio y la melancolía su estado de ánimo. Yo tengo algún papel firmado de su mano y quizás es la despedida la que hace al dios humano, cuando nos dicen “podéis ir en paz” la frase más dulce de la misa obligatoria.

Tengo que anunciaros que estas entregas ya se han hecho mayores, y todas juntas serán un libro que ya está en la imprenta y nace gracias al empeño de Miguel Ángel Álvarez Areces, timonel de la revista Ábaco y viga maestra de Incuna. La presentación será el próximo día 10 a las 18.30 en el Salón de Actos del Antiguo Instituto Jovellanos, dentro de las actividades de XI Salón del Libro Iberoamericano.

El libro se titula “Ángulos muertos. Nuevas entregas para viajeros” y ni que decir tiene, estáis todos invitados.

Nuestra intención es hacer más presentaciones en otros lugares de las que ya os daremos noticia.

Un abrazo a tod@s.